Guardó sus ropas de duelo, las cenizas del que fue su padre, su gesto agrio y sus jaculatorias en una caja de juncos trenzados que luego cubriría con talentos de tierra roja.

Desplegó su vestido de lino crudo, lavó su cara, frotándose con energía, tanto empeño puso que sacó la sonrisa con la que creía no haber nacido. Se sintió dichosa y agradeció a la poderosa Inanna, que estaba segura que la observaba desde su "casa del cielo", la luz que entraba por el ventanuco de la ahora su casa e iluminaba su vientre.

Habían pasado las lunas de crecidas, y las aguas ahora eran amables y claras. La tierra agradecida se abría en surcos vaciando semillas de trigo y empujándolas hacía el sol.

Anna apretó los puños, estrujando las cuerdas hechas de juncos que abrazaban el recio tronco del árbol. En cuclillas apretaba los dientes masticando el grito que le subía desde las entrañas hasta la garganta, presionando su vientre hinchado contra el tronco y abriéndose como la tierra fértil.

Por fin aflojó la tensión y recogió el pequeño bulto al que le unía todavía un hilo fino que cortó con una piedra afilada, metió los dedos en la pequeña boca para limpiarla y palmeó sus nalgas hasta que rompió a llorar, inspiró con fuerza, cerró los ojos y contó las veces que había efectuado los mismos movimientos y las que aún llegarían. Un soplido de viento envolvió aquel olor a vida y lo esparció como una historia.

Carey miraba hacía el cielo intentando entender el rumor del viento entre las nubes, cuando bajó la mirada se encontró con el aya que la amamantó alimentando a los nuevos hijos de su padre. La invadió la misma interrogación que experimentaba cuando miraba hacía arriba, sentía como hormigas en la lengua lo que para ella era inexplicable, desconocido, inalcanzable.

En aquellos momentos, a modo de relámpagos en plena tormenta, era consciente de sus limitaciones y una ira triste le arañaba la espalda hasta la boca y se tragaba las hormigas que corrían como marabunta hasta su vientre y entonces lo sostenía temerosa de que se lo llevaran.

La sangre real que llevaba le bullía y a gritos llamaba a criados y a porteadores para que la balancearan en su palanquín, río abajo, el verde profundo de sus aguas se tragaba sus deseos, uno a uno, hasta que olvidaba el viento y sus voces, y al aya, y el pecho desbordante de leche.

Cerca de la orilla la estampa pintaba el bullicio de las mujeres que lavaban sus ropas y de los niños alborotando el medio día caluroso. Inclinada escurría las telas sobre las piedras en las que resbalaba el agua y el sudor, Anna sonreía al observar al más pequeño de sus hijos intentar alcanzar un pequeño canto que el mayor de ellos le mostraba a una altura a la que no llegaba, las risas le limpiaban el cansancio. Al fin el destino había sido clemente con ella. Sentía como aquellas vidas eran la suya propia. Ellos eran todo. Nada fue sin ellos, nada sería. Daba las gracias a los habitantes de aquel cielo claro por no castigar su dicha.

Oyó el alboroto de la chiquillería cerca, levantó la vista y los vio dando saltos, intentando adivinar quien era aquella figura frágil, casi etérea que despegaba del suelo sus pasos, montada sobre un carruaje portado por brazos. Estaba tan cerca que se atrevió a mirar su rostro, su boca apenas curvada en una tímida sonrisa, la piel más blanca que había visto, el mentón casi altivo , la nariz tímida , los ojos extrañamente rasgados y su mirada repleta de una desesperada inocencia. Los que la miraban se sentían intrigados por aquella dulzura inusual. Anna miró más allá y encontró el vacío de los que sufren sin entender. La sombra de las nubes que el viento empujaba, oscureció la orilla en la que estaban y entonces la marabunta arrastró su aliento.

Le dijo que no se preocupara, le dijo que los amaría como a sus joyas, le dijo que los cuidaría como a pajarillos enjaulados. Anna se mordía el labio hasta sangrar, "señora son débiles y enfermos" "señora son todo lo que tengo" "señora son bulliciosos y haraganes" "señora son mi vida"...... Estaba siendo tan generosa con aquella campesina, que Carey no entendía las interminables excusas de Anna para conservar a aquellos niños. Ella era princesa, ¿donde mejor iban a estar unos niños que a su lado?, y eran tan bellos que parecían tallados en alabastro, ni las más preciosas muñecas a las que cuidaba con devoción, podían comparárseles. Además ella los quería, y ellos también la amarían.

¿Como pudo pensar alguna vez que una indigna mortal, atada a la tierra, fuera merecedora de una dicha celestial? Las lágrimas de Anna eran inagotables, suplicó y maldijo. A la mañana del día siguiente vendrían a llevarse a sus hijos y para ella sería una condena, una ejecución, arrancarían a sus hijos y a su corazón juntos. Se desangraría hasta morir e incluso en la muerte, moriría cada día de nuevo alejada de ellos.

Los dos mayores dormían. El pequeño se le acercó, inquieto por ver a su madre tan angustiada. Anna lo abrazó con fuerza, y empezó a acunarlo. "Duerme niño mío...". Se balanceaba hacía adelante y hacía atrás. "Mi niño, tan débil, tan pequeño...." y le apretaba su rostro, sus mejillas, su nariz contra su pecho. Así estuvo hasta que amaneció, meciendo a su vida, estrechándola hasta terminarla. Cuando la primera luz de la mañana atravesó el ventanuco de su casa, Anna despegó a su pequeño de sus brazos. No abrió los ojos, no se movía, no respiraba. Había querido mantenerlo cerca, tan cerca, que lo dejó sin aire, lo había ahogado.

Carey se llevó a los dos hijos de Anna, y prometió cuidarlos como si de sus hijos se tratara. Al pequeño lo enterraron en silencio, ni tan siquiera un puñado de piedras señalaron el lugar.
A Anna se le encallecieron las manos y el corazón y el alma, y en su desquicie y en su ansia de eximir su culpa, acusaba a la princesa de haber matado a su hijo, de no haberlo atendido en su enfermedad.
Había quienes la creían y murmuraban y maldecían con ella. Había quienes no la creían y no denunciaban sus injurias porque se compadecían de tanto dolor.

El río creció una y otra vez, y el sol secó las tierras y acentuó los surcos en la piel de Anna que no daba tregua a su culpa y se castigaba sin descanso por su pecado inconfesable

Y el momento llegó y por fin a Anna debía abandonar aquel cuerpo y entonces cerró esos ojos para siempre.
Aquellos pocos que vieron su rostro supieron que ni tan siquiera la muerte la haría recuperar la paz.

"Ven Anna" les escuchó o les sintió decir desde aquel lugar que irradiaba tanta luz que la cegaba "ven..." repetían, pero ella no quería, no podía ir .... sus niños, su culpa, su pecado .... "ven y descansa un poco...". La luz era hermosa pero ella no podía con tanta hermosura.
Miró hacía el otro lado y vio aquel mundo tan lleno de dolor, " mi niño,... mi pecado" sintió que ese era el camino para hallar el perdón.

Aquellos cuerpos sufrían y ella estaría a su lado para sufrir con ellos. El tiempo que fuera necesario, años, decadas, siglos....

Aquella tarde cuando M salió de la consulta del terapeuta se sintió extrañamente bien. No era la primera vez que acudía a terapia transpersonal, pero si era la única ocasión hasta entonces en que había experimentado "vidas" no propias. Aquel ser le había sido desde siempre extrañamente familiar, creía haber sentido su presencia en los momentos más tristes, en los que sufría, en los que lloraba.... como una figura gris, enjuta, triste. Cuando en la sesión vio a Anna una vez liberada de su túnica negra, se sorprendió de su belleza y de su fuerza. Mientras caminaba por la calle, M. sonreía, feliz de que Anna se hubiera reencontrado por fin con sus hijos, envueltos en aquella luz blanca y sanadora, donde los cuatro penetraron enlazados como uno solo, un instante antes Anna se volvió y M. creyó ver como le sonreía y le hacía un guiño. Por eso esta historia, para que no se pierda en el olvido